Por Jimena Pichinao Huenchuleo, Milton Almonacid Almonacid, Herson Huinca Piutrin, José Quidel Lincoleo.

Han pasado casi un año de la primera edición de este libro (2018). Es así como, corremos con una cierta ventaja para analizar la coyuntura que en su momento Boaventura de Sousa Santos abordó. Es mas, ésta nos ofrece puntos críticos para analizar la situación de la izquierda chilena, en lo mediato, en lo que a materia de los pueblos indígenas se refiere.

Haciendo referencia a la retórica “izquierda y derecha son la misma cosa”, este ilustra de buena manera el carácter colonialista y racista del dualismo de estos proyectos políticos de la modernidad en el mundo. En el caso de la izquierda chilena, hacia el año 2011, momentos de post-huelga de hambre de los prisioneros políticos mapuche quienes exigían la derogación de la Ley Anti-terrorista y por ende asistíamos a la administración de un gobierno de derecha y en plena efervescencia del movimiento estudiantil chileno, la Federación Mapuche de Estudiantes (FEMAE) en busca de tener participación en la discusión de forma autónoma y sin tutelajes políticos, sus dirigentes fueron tildados de “aparecidos” principalmente por parte de las Juventudes Comunistas, quienes lideraban las federaciones estudiantiles de la Mesa Ejecutiva de la CONFECH, Universidad de Chile y Universidad de Santiago de Chile. Frente a lo cual uno de los voceros de la FEMAE respondió frente al suceso “No necesitamos leer a Lenin ni a Marx para luchar, nos basta con aprender de nuestros abuelos”. Este hecho demuestra una expresión sobre la actitud de la izquierda chilena y cómo esta ha estado fundada sobre un profundo racismo. Vale retroceder a la época del gobierno de la Unidad Popular (1970-1973) donde la izquierda debió aprender en materia de “asuntos sobre pueblos indígenas”. En aquel entonces, a través del proceso que llevó el MCR (Movimiento Campesino Revolucionario) se realizaron una serie de movilizaciones con comunidades mapuche. De este proceso “parte y algunos” de la izquierda chilena pudieron observar, comprender y duramente aprender que los Mapuche no éramos ni obreros, ni campesinos, ni mujeres condenadas al espacio doméstico. Situación similar ocurrió con diversos(as) mapuche que debieron abandonar el país en el exilio durante la dictadura de Pinochet (1973-1989), migrando forzadamente a distintos lugares del mundo, entre ellos el continente europeo. Allí en Europa, los(as) exiliados(as) decidieron hacer un quiebre y un desapego de la izquierda chilena en exilio que no les veía como Mapuche, sino que se insistía en que eran obreros(as) y campesinos(as). A partir de 1978 el Comité Exterior Mapuche en Europa comenzó a establecer su proyecto e itinerario de acciones de forma autónoma. En Chile, muchos(as), siguieron los lineamientos de Marx, intentando que los(as) mapuche evolucionaran y se convirtieran en obreros y campesinos para dejar de ser indígenas.

Una vez recuperada la democracia en 1990, la Concertación de partidos por la democracia, se dio cuenta que no bastaba con políticas reformistas de corte “Estado de Bienestar” —bajo una estructura neoliberal—, para revertir las situaciones de pobreza, marginación y deterioro medioambiental (crisis) permanente en las cuales viven las comunidades mapuche. Es mas, tales situaciones fueron profundizadas, bajo políticas asistencialistas, haciendo que la desigualdad socio-económica constituya una de las características estructurales de la sociedad chilena. En este marco se asentaron las fijaciones de una pirámide socio-racial donde en su cúspide se encuentran las élites políticas (izquierda-derecha) y económicas de corte blanco y en su base los pueblos indígenas que poseen sus propias demandas políticas. En este sentido, tal como analiza Boaventura de Sousa Santos, —en Chile—, la élite chilena de izquierda ha gobernado bajo un modelo y perspectiva propia de la derecha liberal, pero sin reconocer la alianza abiertamente. Esta misma élite de tendencias, tanto de izquierda y derecha, han venido estableciendo desde el año 2000 una política de criminalización del movimiento mapuche que hasta el día de hoy se ha traducido en la utilización de la Ley Anti-terrorista, Ley de Seguridad Interior del Estado, la represión, persecución política y encarcelamiento de personas y autoridades mapuche (longko, machi, entre otros), e inclusive una serie de asesinatos de comuneros mapuche.

Ahora, con los ejemplos anteriormente expuestos nos demuestran las consecuencias de una lógica colonial que el pensamiento de la izquierda europea ha ejercido sobre la izquierda chilena. También esto nos permite visualizar la magnitud del desafío que tiene la izquierda chilena unida para diseñar una estrategia de acción pertinente frente al complejo escenario chileno. Estos esfuerzos debieran partir de una profunda voluntad y creatividad comprendiendo la nueva coyuntura cultural y política del país. Se trata en un sentido de avanzar más allá del tradicional análisis dualista, el cual nos presenta una izquierda antagónica de una derecha, esto es uno de los principales desafíos epistemológicos que nos enfrentamos en estos momentos. Se trata de poner en funcionamiento prácticas transformadoras desde la diversidad y no de una posición subalternizadora, paternalista e invisibilizadora.

Con la adopción del multiculturalismo neoliberal imperante en el continente se ha normalizado la mercantilización de la cultura y los conocimientos tradicionales de los pueblos indígenas, tanto desde los movimientos sociales, la opinión pública como también desde las tribus académicas. Asistimos también a una época de hippiezación y/o trivalización de conocimientos y prácticas bajo la lógica de consumo. Con esto las demandas políticas, respecto de derechos colectivos y territoriales de los pueblos indígenas bajo nuevas dinámicas de folclorización donde quedan de lado las reivindicaciones como el territorio, los recursos naturales, oportunidades laborales o la revitalización lingüística. En un recorrido histórico, la relación con la izquierda chilena ha dejado de manifiesto un uso instrumental de diversos conceptos que han servido para acentuar el despojo y las prácticas genocidas hacia los pueblos indígenas. Ya conceptos políticos como territorio se han ido acomodando hacia una ésfera mas tenue, haciéndole carente de derecho y su significado cultural ontológico que esta posee desde una perspectiva propia mapuche.

En un sentido amplio la historia mapuche del siglo XX ha sido marcada por el racismo, el odio y la discriminación provenientes tanto de la izquierda como la derecha. En términos políticos bajo la dictadura se ha tenido que vivir la desarticulación de lazos de personas, familias y comunidades mapuche que han debido pagar un alto costo por simpatizar en la izquierda chilena. La misma izquierda chilena tampoco ha hecho énfasis a la cantidad de muertes y detenidos desaparecidos pertenecientes el Pueblo Mapuche bajo la dictadura militar. En diversos casos se dio que muchas personas fueron acusadas de alguna militancia con la izquierda de parte de latifundistas que usaron dicha acusación con el fin de matar, eliminar y estigmatizar los mapuche. Se trata de una historia mapuche donde familias no solo sufrieron la muerte o tortura de un familiar, sino que conllevó la posterior segregación de de la sociedad chilena como también de la propia sociedad mapuche.

Desde el año 2017 una nueva generación de militantes, políticos y profesionales han venido articulándose en torno al proyecto político del Frente Amplio. Sin embargo, este también ha demostrado tener tintes elitistas en la conformación de sus filas, como también la ausencia de una propuesta política de elaboración conjunta y de consulta para con los pueblos indígenas. En este sentido, como en la mayoría de los partidos chilenos, inclusive el mismo Frente Amplio, sean de derecha o izquierda, no manifiestan una conciencia de que se está frente a un “pueblo” diferente, sino que estos entienden de que se está hablando de una etnia, sin una lengua, sin filosofía y sin una forma política propia. Aquí es donde encontramos puntos de desencuentros entre la filosofía que sustenta la izquierda materialista que en diversas formas se contraponen a nuestra filosofía que no sólo es materialista, sino espiritual, y es desde los niveles ontológicos donde se sitúan nuestros líderes tradicionales bajo una propia forma de entender, hacer y crear política.

En el nuevo panorama actual donde se ha reducido la acción del Estado y ya son las empresas transnacionales que toman las decisiones, y las prácticas neoliberales parecieran ser las únicas vías posibles, se suma el aumento significativo de las actividades de extractivismo, expoliación de los recursos naturales, recursos genéticos, conocimientos tradicionales y el patrimonio indígena. Frente a este contexto se hace necesario el generar alianzas estratégicas entre sectores que se encuentren pensando y viviendo desde una teoría y práctica política más evolucionada, crítica y transformadora con el fin de enriquecer, humanizar posiciones y alternativas que hagan posible un küme felen (buen vivir) para todas las personas que compartimos vidas, espacios en una dimensión finita. Articular y generar estrategias a la altura de los desafíos que enfrentamos en el mundo implica el diseño de un verdadero y serio “dialogo de saberes”. En este sentido nos interrogamos y proponemos cómo propiciar las condiciones necesarias para articular un dialogo en igualdad de condiciones epistemológicas, cómo la izquierda o las izquierdas en un sentido transnacional puede desbaratar sus propios fundamentos epistemológicos con el fin de avanzar en un diálogo propositivo y transformador.

Jimena Pichinao Huenchuleo, Milton Almonacid Almonacid, Herson Huinca Piutrin, José Quidel Lincoleo.

Comunidad de Historia Mapuche