Por Enrique Antileo Baeza

En la mañana del día después recibí una llamada. Era Antonia, una entrañable amiga hasta el día de hoy. Su voz se entremezclaba con el llanto, pero aún así agarró la firmeza de algún lugar y me dijo que su hermano había muerto, apuñalado al interior de la Penitenciaría de Santiago. Quedé congelado en el tiempo, la única misión que tenía era comunicar a los cercanos lo sucedido, entonces con dificultad comencé a llamar por teléfono a todos los amigos y amigas para entregar la mala noticia.

Costaba asimilar lo que había sucedido, Julio era tan joven para partir y aún más de ese modo vertiginoso, con una puñalada que se lo llevó. Desde el día de su funeral y después, año a año en estas fechas, los hechos del 26 de septiembre de 2004 regresan, quizás un poco más reposados por el paso del tiempo, pero aún clavados en nuestros corazones. De cierta manera, lo que nos queda es la memoria y el intento de no olvidar los destellos que las diferentes personas alcanzamos a conocer de su vida.

Julio Huentecura Llancaleo, así se llamaba. Hijo de migrantes mapuche, Luis y María, llegados desde los campos de Carahue, desde el sector de Taife a las periferias santiaguinas. Julio se crió en la Herminda de la Victoria en la comuna de Cerro Navia y posiblemente ese relato de su vida es compartido por miles de hombres y mujeres mapuche que inundan las poblaciones de la gran capital. Esa vida es precisamente uno de los reversos del rostro mapuche culturalmente fosilizado, la cara oculta de la historia. El Julio era un joven de Santiago, una especie de verdad caminante y esquiva para los adoradores de la ruralidad y los discursos etnicistas. No era flaite como podría ser la imagen reducida y estigmatizada de cualquier joven poblador hoy en día, más bien sus gustos iban por el rock y las chaquetas de cuero como diría mi amigo Mauro. Como persona portaba lo que muchos criados y nacidos en las lejanías del Wallmapu llevan, una larga, increíble y triste historia: la del viaje, el desplazamiento, la migración.

Tengo unas fotos acá en mi computador donde aparece Julio en las actividades del colegio, sobre un escenario, sonriendo; también otras en la población, yendo con su familia a la playa o al río. Me las pasó Antonia una vez y al mirarlas creo que esa es la manera en que me gustaría recordarlo. Me siento más identificado con esa parte de su vida, que con toda la retórica del guerrero. Es cierto que Julio era un avezado luchador y bien llevado a sus ideas. Me tocó compartir un par de reuniones en Santiago mientras él participaba en la Meli Wixan Mapu y otras en el sur en sus largos períodos por diferentes lugares del Wallmapu. No hacía grandes discursos, pero dejaba bien marcado su pensamiento. A veces un poco cerrado en su línea, otras apoyando múltiples iniciativas, cerca de los comités de presos, jugando palin en el parque, participando, siempre estando y quizás no en el sentido de ir por ir, sino creyendo en la idea de aportar.

Julio murió en una situación compleja, en la cárcel, asesinado por otro recluso que entró repentinamente en su celda, sacó un cuchillo escondido en un pan mientras conseguía un poco de ají y, de forma sorpresiva, se abalanzó sobre él con una certera puñalada. No murió por la bala de un agente policial directamente, no murió en el campo de batalla o resistiendo en la tierra por recuperar. Murió lejos de aquello, en un frío y olvidado lugar. En su breve e intensa vida, una cadena de hechos lo llevó por casi todas las comunidades en conflicto, acompañando y enfrentándose a la policía y al poder forestal y latifundista, junto con muchísimas otras personas en esa época que deben recordarlo. Luego recorrió varias cárceles producto de la criminalización racial de los procesos políticos mapuche. Difíciles situaciones de la vida poblacional lo vieron envuelto en otros sucesos que finalizaron con su encarcelamiento en Santiago, en el más hacinado de todos los sitios donde podía estar. Mucho se luchó por llevarlo de nuevo al sur, sabiendo que acá corría peligro. Incluso su familia y amigos le buscaron una calle tranquila en la cárcel. El traslado nunca se concretó. No se pudo y en el camino perdió el respaldo como “preso político” de muchos con los que estuvo al lado. Fue un doloroso desencuentro.

Cada persona es libre de recordar a Julio y a sus seres queridos como quiera. Yo prefiero hacer memoria de las cuestiones cotidianas y de lo poco que lo alcancé a ver. El discurso del weichafe es una idea que tiende a pensar en hombres y mujeres sin contradicciones, a quienes les cargan en sus hombros la tan manoseada palabra consecuencia. Para mí todas esas palabras son un “copiar-pegar” de la idea de hombre nuevo, traslapada a la realidad mapuche de los noventa. El discurso de los héroes, de los mártires, generalmente permite que nos acordemos solo de algunos en nuestra larga historia y, en esa forma de pensar, probablemente Julio sería uno más de los olvidados, al igual que cientos de los nuestros y nuestras, cuyas vidas se han acabado en los vaivenes de sus experiencias bajo el colonialismo y su violencia.

Por supuesto que Julio peleó y arriesgó su vida. Le gustaba mucho ese aspecto de las luchas mapuche. Viajó de Santiago al sur precisamente para colaborar en esos procesos. Estuvo en encarcelado mucho tiempo, procesado por un sinnúmero de leyes que impedían su salida. Pero también es cierto que su presencia para algunos era incómoda. El pelo largo inicial, los vicios que todos tenemos y arrastramos, su forma de hablar, su desobediencia siempre presente, su negación a la jerarquía y a la pleitesía y, por cierto, su procedencia santiaguina desarraigada, todas eran características más en los márgenes que en el centro de lo que supuestamente sería digno de recordar.

El día de su funeral pude ver todos los aspectos de su vida reunidos, sus diversas amistades presentes en la despedida. En Santiago, en un rincón de Cerro Navia, partía un joven de treinta años. Hoy se acerca la fecha de su muerte y nuevamente estamos entre el anonimato y la memoria, nuevamente nuestras luchas internas se hacen presentes. Me acordaré de las sonrisas y las conversaciones, de las tonterías y muchas otras cosas en tu batalla y las de muchos (as) otros(as) contra el olvido.