Opinión de la Comunidad de Historia Mapuche

Ayer 11 de diciembre, en la interpelación liderada por la lamngen diputada Emilia Nuyado a propósito del vil y cruel asesinato de Camilo Catrillanca, el ministro Andrés Chadwick planteó:

“Creo que la soberanía radica en la nación y la nación chilena es un bien espiritual, que nos da identidad como pueblo, que nos da identidad patria y que es multicultural. Pero la nación chilena es una, enriquecida con vertientes, pero una. No confundamos nación pluricultural con la plurinacionalidad, que es el debilitamiento de nuestra nación y de nuestra patria”.

A todas luces, el gobierno tiene muy clara su línea política respecto a los pueblos indígenas y, en particular, al pueblo mapuche. Esta línea podría resumirse en la afirmación de que existe terrorismo, y por lo tanto, que es válida la acción de carabineros y la militarización. Por otro lado, consiste en  la afirmación de la “nación chilena” como “bien único supremo”, y en consecuencia,  la negación de la nación mapuche y sus derechos colectivos, el primero de ellos, el derecho a la autodeterminación.

Sobre el argumento que avala la existencia de terrorismo, el gobierno ―continuando la línea establecida por Ricardo Lagos―, en último término, reduce las luchas políticas del pueblo mapuche a meros actos orientados a aterrorizar a la población. Lo repiten en la prensa hasta el hartazgo, y en cada lugar y medio posible, mintiendo descaradamente, señalando hechos falsos y guardando silencio ante las absoluciones de aquellos “mapuches terroristas” que, una tras otra, se suceden después de cada juicio. Seguirán en ese lugar de enunciación porque les permite movilizar tropas, detener personas, poner testigos protegidos y, sobre todo, porque les permite asesinarnos y controlarnos.

La muerte es la culminación de su política antiterrorista. La muerte es la culminación de su forma de relacionarse con nuestra nación mapuche. La muerte es asesinar, al mismo tiempo, nuestras demandas políticas, porque estas son inconcebibles en su forma de gobernar, porque éstas supuestamente desestabilizan la economía y aquella forma rancia y monolítica del Estado-nación chileno.

El asesinato de Camilo Catrillanca es el último en un triste listado que enluta a nuestro pueblo, y es reflejo de un clima de violencia institucionalizada que nosotros llamamos militarización. El único argumento que tienen para mantener nuestro territorio ocupado con fuerzas y unidades especiales de represión es seguir difundiendo que nosotros no hacemos política, que somos terroristas, transformándonos en enemigos internos.

Ahora bien sobre el segundo punto: la nación chilena como bien único que no acepta división. Las frases del ministro, aunque breves, más que referir a la agenda que tiene el gobierno actual en temas indígenas, que puede derivar en más o menos planes y programas, saca a flote el fundamento ideológico de la clase política chilena que hoy está en el poder, pero que ha venido administrando el gobierno desde 1990. Aquel fundamento no es otro que una supuesta supremacía de la nación chilena, que no permite ser disuelta ni pensarse de otros modos. Para ellos existe una única nación en este territorio, indivisible, que no acepta ninguna alteridad que pueda enunciar ni disputar derechos.

Evidentemente, tanto la derecha como la clase política saben que toda nación es una construcción. Quizás algunos por ahí creen que el mundo se divide así por naturaleza. En particular, el ministro mencionó a su nación como un “bien espiritual”. La diferencia está en que algunos Estados utilizan el concepto para tener el control de la soberanía y para manifestar un deseo supremacista. En cambio, algunos pueblos, los colonizados principalmente, usan el concepto de nación para articularse y para luchar por derechos que han sido negados: el derecho a la autodeterminación.

En el primer caso, la nación de los Estados, la nación  supremacista, es movida por el miedo al otro y el deseo de reprimirlo. Se institucionaliza en leyes y se difunde en las escuelas y medios de comunicación como si fuera algo natural. En el segundo caso, la nación de los oprimidos, la nación se moviliza con sentido de lucha.

La nación de los colonizados es un instrumento de articulación social y política. La nación de los oprimidos no tiene como referente el Estado-nación con que se nos ha colonizado. La nación de los oprimidos es liberadora porque se asume como unión de diversidades en lucha, porque aspira a la descolonización y porque aspira a erradicar el supremacismo.

He ahí el segundo argumento del ministro: según él, no confundir pluricultural con plurinacional.

El gobierno tiene muy clara su postura en ese sentido: aceptar lo que no desarme su “bien supremo”. Saben que pluricultural no significa nada en términos de derechos políticos. Ya hay bastante teoría al respecto. Es un reconocimiento descriptivo, que da cuenta de una realidad que ya existe. Plurinacional es otro tipo de discusión, una sobre reconocimientos de derechos políticos de pueblos, en este caso pueblos oprimidos. Pluricultural es seguir haciendo lo que hace el neoliberalismo con la alteridad que les incomoda: dejar que sean, pero controlados, con un punto límite. Pluricultural es que esa alteridad pueda canalizarse a través de formas económicas capitalistas, creando indígenas “emprendedores”, domesticándola para que sea vendible como imagen, consumible. ¿Cuál es el límite? Que no reclamen derechos políticos, ¿Cuáles?: territorios autónomos, poder político, autogobierno, autonomía, cualquier cosa que huela como un atentado contra la nación “suprema”.

Es una estrategia que funciona para ellos. Es el techo de lo que pueden hacer. Nadie se enoja con lo pluricultural, hasta suena lindo. Lo plurinacional produce alergia, es una demanda incómoda. No saben qué hacer ni están preparados.

Lamentablemente para ellos, es tiempo de hablar de poder y política. Es tiempo de hablar de nuestra existencia nacional, de nuestras pretensiones políticas y de la colonización a la que nos ha sometido la República de Chile. Solo en esta discusión podremos encontrar la paz.

Para el pueblo mapuche es tiempo de hablar de poder, de cómo queremos poder y entendemos el poder político de un pueblo, una nación que lucha por su descolonización, por la autodeterminación.