Santiago racista: de la migración mapuche a la migración latinoamericana

Por Claudio Alvarado Lincopi

La ciudad de Santiago, la moderna, la copia feliz de París, niega lo indio, lo negro y lo popular. La reactualización urbana de fines del siglo XIX, que da sustento simbólico al patrimonio turístico contemporáneo, se edificó bajo un ideal de limpieza urbanística que construyó, por un lado, una ciudad propia para el disfrute del privilegio y, por otro, un arrabal plebeyo donde deberían depositar sus vidas los condenados de la ciudad, entre ellos, la plebe mestiza, los mapuche y las negritudes. La ciudad propia, donde hoy se ubican los principales palacios históricos de Santiago, fue construido para el goce de una casta rebosante de privilegios, sostenida en la trama urbana por el populacho habitante de La Chimba, del Matadero, más tarde del Zanjón, de La Legua, de Barrancas. El ideal estratificador fue fundante en la moderna ciudad de Santiago.

Pero allí estaba el populacho moreno, desde siglos constituyendo los grises de una historia urbana marcada por la racialización de los cuerpos. Y fue ese racismo, esgrimido con furia por la casta decimonónica, la que hizo desaparecer la cara india y negra de un Santiago eurocéntrico. El indio araucano, como le gusta decir al conservadurismo criollo, no apareció en la ciudad sino como monumento falaz. En el hermoseado Cerro Santa Lucia se ubicó una escultura de Nicanor Plaza, obra galardonada con el primer lugar en el Salón de París en 1868, que representa a Caupolican, pero que hoy sabemos fue inspirada en la iconología del Último Mohicano. El cuerpo mapuche, que tránsito por siglos aquel Santiago de castas coloniales, fue borrado bajo el icono de un hércules salvaje. Mientras, la negritud habitante de la capital, rebosante en La Chimba, fue desohaja de las lineas que cuentan los tránsitos urbanos, solo celebrado en su incontenible esclavitud en las farolas del antiguo Congreso Nacional, allí, en sus jardines afrancesados, quienes sostienen como triste condena la iluminaria son esfinges de negros y negras, pues obvio, quien más sino ellos, condenados a la servidumbre.

Ahora bien, la borradura del Santiago negro e indio se produjo también por el discurso del mestizaje, cómo no, era mejor pasar desapercibido, mezclarse entre el naciente proletariado urbano. Es que lo mestizo como discurso de la casta, funcionó como olvido de la hermosa morenidad. El roto chileno, emblema de la plebe patriota, puede ser pobre, descamisado, querida chusma, pero nunca indio, menos negro. Con todo, para mediados del siglo XX, lo mapuche y lo afro había desaparecido como constituyente del entramado urbano santiaguino.

Fue allí, entre borraduras y mestizajes, que durante la segunda mitad del siglo pasado comenzó una gran ola migratoria mapuche desde los territorios despojados. Y fue en esa ciudad, la nuestra, de profundas negaciones y olvidos, que la sociedad mapuche debió esconder el apellido, silenciar la lengua, mimetizarse. La servidumbre fue el modo general de trabajo, como empleadas de casa particular las mujeres, sufriendo el vejamen de llevar cuerpos tan indios, tan proclives a la marca de patrones racistas, que los hay tantos. Los hombres, por su parte, sometidos a la precarización laboral, como muchos otros, pero condenados por el insulto inferiorizador: indio culiao resoplaba por bocas burguesas y proletarias, allí se hermanaba la lucha de clases. El racismo como ordenador de la explotación laboral fue una realidad de la migración mapuche de mitad del siglo pasado. Pero también se hizo ciudad, se participó en la toma y la protesta, en la autoconstrucción y el sindicato, pero no como mapuche, sino como obreros, era mejor silenciar la marca que condenaba, distanciarse de lo indio.

La ciudad de Santiago ha sido organizada desde el siglo XIX socio-racialmente. Hoy son los cuerpos migrantes los que sufren aquella historia de fracturas y castas no declaradas, la continuidad del racismo llega como talante organizador de las experiencias de las vidas marcadas por el estigma de la piel. Es cierto, los territorios del privilegio ya no son los mismos, ellos se han alejado cada vez más, quizás arrancando de nosotros, construyendo nuevos muros, físicos y simbólicos, que reactualizan las fronteras socio-raciales. Por otro lado, no esta demás señalar que las marcas que inferiorizan actualmente no son unicamente corporales, la mancha social de la pobreza se ha constituido también en límites que edifican naturalizadas postergaciones. El tema es complejo y falta profundizar en las tramas del racismo contemporáneo.

En fin, por ahora, terminar con una pequeña experiencia. Hace un tiempo trabajé haciendo unas encuestas en un sector acomodado de la capital. Debía tocar puertas y citofonos e intentar convencer de que me respondieran algunas preguntas. No me fue muy bien. Los cuicos son reticentes con desconocidos, aun más si el desconocido no tiene la apariencia adecuada, quizás por eso las empresas pagan el doble por encuesta hecha en los sectores condecorados de la ciudad. Aun así, pude entrar en algunos departamentos. Acá, pues, lo obvio, dinero expuesto bajo diferentes estilos de hermoseamiento hogareño. Pero más allá de esto, de lo visible de la opulencia, pude observar un espacio habitado por mujeres negadas por el relato oficial de este sector de la ciudad. A eso del mediodía es posible observar contingentes de trabajadoras de casa particular caminando por el sector; no mentiré, no me atreví a hablar con ninguna, nunca fue mi intención hacer una etnografía, nunca lo he hecho, solo estaba trabajando haciendo encuestas, pero bajo mis propios aprendizajes categoriales, adquiridos como habitante de la ciudad, pude identificar mujeres peruanas y mujeres “negras”, quizás colombianas y dominicanas. Sé que eran trabajadoras de casa particular por la vestimenta que, aunque está ya prohibida, aún se mantiene como forma de normalizar y ubicar los cuerpos del trabajo doméstico. Esas mujeres, a mediodía, iban en busca de los niños y niñas que a esa hora salían de jardines y colegios cercanos. Pensé en mi abuela, en su cotidianidad como nana mapuche en aquella ciudad del privilegio durante la segunda mitad del siglo XX. Es cierto, ahí, en esos espacios, la memoria de tantas mujeres mapuche no se ve, no es posible entrever allí sus andares. Quizás ocurra lo mismo con peruanas, colombianas y dominicanas, ellas componen el tránsito de los sectores de privilegio, como trabajadoras por cierto, pero lo componen, su presencia es evidente, y son sus cuerpos los que intervienen este sector de la ciudad. Una mujer negra, cargando con su propia biografía, camina de la mano de un niño rubio, quizás hijo o nieto del dueño de casa, del patrón. Se aleja lentamente.

Fuente Revista Sur

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