Por Claudio Alvarado Lincopi, Enrique Antileo Baeza, Rosamel Millaman Reinao, Fernando Pairican Padilla Miembros de la Comunidad de Historia Mapuche – Centro de Estudios e Investigaciones Mapuche

Ka feypikefuy kiñe rupa tañi rume kutrankawün ka tañi chengnewenon, feychi muntuñmagelu tañi pichiche pu lipang. Llüpükünuñagey ñi ange ti pichiche ngümay pingüdüy ñi ange mapu mew mollfüy. Kisu am ñuke witrañpüramfuy ñi püñeñ, kay ka müten changodü longkongerkey kiñe pichi tralka mew, fey wedoy lüyküy ñi mollfüñ. Müley ñi ngeñiwael kutrantun mew. Tañi pichiche müten kutran piwkeyey. (Segundo Llamin ñi kuku yem ñi piam)

“El indio, no es sino un bruto indomable, enemigo de la civilización porque sólo adora los vicios en que vive sumergido, la ociosidad, la embriaguez, la mentira, la traición y todo ese conjunto de abominaciones que constituyen la vida salvaje” (B. Vicuña Mackenna, 1868)

“El ejército de Chile se ocupó de la conquista y pacificación de la Araucanía, cuya empresa se inició precisamente en ese año de 1859”, señala el militar chileno Leandro Navarro en un testimonio importantísimo sobre el despojo territorial que vivió el pueblo mapuche, en el marco de uno de los procesos históricos más trascendentales que ha vivido en nuestra sociedad. Proceso que abrió las puertas para la colonización de tierras y de las vidas mapuches, puesto en práctica con la violencia y la instauración de jerarquías socio-raciales como dispositivos de dominación.

El racismo, articulado consustancialmente al colonialismo como proceso histórico, constituyó una forma de violencia global que interrumpió, invadió y desgarró el curso de las historias mapuches. Las consecuencias del accionar colonial se pueden ver en varios ámbitos. Por ejemplo, por mencionar algunos: las tierras de nuestros antepasados han sido ocupadas de forma masiva como sustento económico para la república chilena, a partir de un modelo extractivista que hoy causa graves daños ecológicos en las reducciones derivadas de la ley de 1866, el instrumento creado por Cornelio Saavedra como parte de un plan de mayor envergadura para conquistar y asimilar a nuestros antepasados a la fuerza a la “chilenidad”. Por otro lado, la imposición de toda una institucionalidad ajena al ad-mapu y al ad-mongen mapuche. Nuestros antiguos, tuvieron que utilizar las armas de las leyes para evitar las usurpaciones posteriores a la Ocupación. Y otro aspecto: la desvalorización de nuestros conocimientos, creados por siglos de interacción con el mundo que nos rodea. Aquellos conocimientos, así como nuestras formas de vida como dice José Quidel en Violencias Coloniales (2015) “nos transformó en seres despreciables”, para los ocupantes.

Nuestro poeta Elicura Chihuailaf en 1999, en su precioso Recado Confidencial…, llamaba a imaginarse a los chilenos qué pasaría si un día otra bandera fuera impuesta, sus tradiciones prohibidas y tu lengua obligada al silencio. Aquello es lo que hemos llamado: violencia colonial, título de nuestro reciente libro como Comunidad de Historia Mapuche. Una de las conclusiones, es que a partir de la emergencia de nuestro segundo ciclo de movimiento mapuche, algunos historiadores chilenos han venido “instalando un conveniente olvido de las memorias de la colonización”, buscando “otros” responsables de un despojo. Sin desconocer el interesante debate que se ha abierto —el cual profundiza los antecedentes y complejiza la historia de la colonización—, nos preocupa que nuevamente las ciencias sociales sean utilizadas como intentos por deslegitimar la lucha política de nuestra gente. Es lo que pasa hoy con las palabras suscritas por el historiador chileno Leonardo León, quien a partir de la recopilación de información sobre la venta de tierras en la frontera norte del territorio mapuche en Chile (Ngülu Mapu), insiste en su tesis de que el Estado chileno tendría un rol benefactor y regulador con los que él llama “diferentes tribus/identidades étnicas” que habitaron el Wallmapu. Esto último solo puede ser sostenido bajo el amparo de la arrogancia clásica de la academia colonial, que de un plumazo pretende hacernos desaparecer como pueblo, sin comprender que histórica y antropológicamente ninguna sociedad es estrictamente uniforme social, económico, político y culturalmente, ni las estatales ni las no estatales. Y en este sentido, a pesar de que la historia colonial ha intentado uniformar nuestro proceso histórico como “araucanos”, y hoy enarbola nuestras diferencias territoriales como supuesta prueba de nuestra inexistencia colectiva, la sociedad mapuche ha retomado su condición de pueblo desde donde se sustenta la lucha por derechos colectivos y territoriales.

Por cierto, curiosa perspectiva (la de León) para analizar un proceso de invasión y ocupación que —con todas las complejidades que tuvo: venta, negociación, incursión militar, guardias civiles, diferencias y peleas internas, coordinaciones entre los ejércitos chileno y argentino, enfrentamientos, muertes— terminó a fines del siglo XIX con resultados bastante claros y difíciles de desmentir: con nuestra sociedad anexada el Estado chileno (también al argentino), con nuestras familias viviendo en reducciones (tal cual, reducciones), con la instalación de ciudades coloniales (ex fuertes militares chilenos), con familias empobrecidas igual que pueblo pobre chileno, pero con el racismo contra el “indio” en nuestras vidas y con el despojo de casi de la totalidad de la tierra y el sustento económico, que quedó en manos de colonos chilenos, colonos de otros países, militares, de especuladores y del Estado.

De verdad curiosa la perspectiva de la beneficencia. Blanquear la historia o deslegitimar el discurso del que lucha es una tarea común en todos los países colonizadores. No nos engañemos: hoy la lucha por derechos colectivos de nuestro pueblo es también la historia. Frente a las declaraciones de historiadores fronterizos como Sergio Villalobos y Leonardo León, nos corresponde discutir desde la disciplina los intentos de “limpieza” de la conquista militar y sus consecuencias. Leonardo León, en su reciente escrito en La Tercera, utiliza el recurso de la negación, el mismo que manejó la dictadura militar chilena para encubrir las torturas, ejecuciones extrajudiciales y a los detenidos desparecidos. ¿Necesitamos rieles con restos óseos para sustentar la ocupación militar? ¿Se necesitan campos como el de Pisagua para demostrar que lo sucedido fue una ocupación con el ejército detrás? Si es así: que las Fuerzas Armadas abran sus archivos para que, como investigadoras e investigadores mapuche, podamos escribir nuestra historia, interpretarla y batallar en las ideas.

Albert Memmi, en su libro Retrato del colonizado (1966) califica este tipo de actos y sujetos como colonialismo o colonizadores de “izquierda”. Cincuenta años después, al leer a Leonardo León, sigue teniendo sentido lo expuesto por el pensador tunecino cuando frente a hechos coloniales, frente a la conformación de un país racializado, la miopía o quizás una encubierta perspectiva nacionalista chilena, intentan hacer ver al Estado y a los militares como “pacificadores”.