Por Jonathan Zapata Painemal Federación Mapuche de Estudiantes

Al recordar y reflexionar sobre algunas conversaciones que surgieron hace un tiempo atrás cuando visitaba el lof de Maquehue, vine a encontrarme con una situación que despertó mi interés y percibí que no había sido descrita ni abordada por ningún mapuchologo de moda, tanto de la sociedad chilena o investigadores Europeos. Quienes por lo demás, impulsan desde los espacios académicos la necesidad de mantener un supuesta objetividad y ejercer la imparcialidad como sujetos. En consecuencia, cosas como las que quiero expresar acá según ellos las debiera vetar. Es decir, no las puedes colocar ni incluir porque corres el riesgo de ser denominado “resentido” e “ideologizado”.

Sin embargo, en esta instancia hago caso omiso a dichos discursos y expreso mi reflexión. Tufachi zugu eluenew kiñe papay Maquehue mew: “eso se daba por sí solo [la discriminación y los golpes], lo pegaban por hablar en Mapuche. En toda parte nosotros no sabíamos hablar en castellano; sabíamos hablar poquitito así como sabe usted, sabe hablar poquito hablar Mapuche. Entonces, no preguntaban y no sabíamos contestar en castellano, entonces le da vergüenza, entonces varillazos no más a los estudiantes. Andaba uno en el recreo jugando hablando Mapuche, le un barillazo no más y listo” (Papay, 2012).

Podemos visualizar a través del relato de la papay un fenómeno marcado por la violencia, traducida en violencia simbólica y también física respecto a la prohibición de ejercer el derecho de hablar la lengua materna: el mapuzugun. Pero ojo aquella violencia no ha desaparecido en la actualidad, sino que trasciende el quehacer de los profesionales y académicos que continúan inmersos en una formación educacional eurocéntrica, etnocentrista e invisivilizante de los conocimientos del “otro” y también del Mapuzugun en Wallmapu.

Un reflejo de ello lo encontramos en el mundo de la academia chilena, donde se suele privilegiar a investigadores extranjeros a lo mapuche a “hablar y discursear” sobre lo mapuche. Todo esto en detrimento de una la valorización de la considerable cantidad de profesionales mapuche de Wallmapu que buscan el ejercicio de sus derechos laborales y epistémicos como pueblo. En este sentido, muchas universidades e institutos de investigación del país son un ejemplo palpable de esta situación.

Me preocupa mucho esta situación debido a una constante marcación racial que se establece al interior de la sociedad chilena y su academia. Digo esto, ya que es sabido que no adquiere el mismo significado que un Mapuche hable de interculturalidad a que la traté un investigador español o francés. Sabemos que para muchos es más “bakán” y tiene mayor estatus de veracidad el discurso de un extranjero eurocentrico frente al discurso de una persona Mapuche. Sin importar de que se esté hablando de los “procesos de interculturalidad de los pingüinos de la Antártica”.

Por tanto, lo importante en ello, es que se hable desde fuera y de preferencia que no se aborde la tensión existente entre lo chileno-mapuche. Esta expresión se fortalece aún más con los estudiantes, quienes no lo hacen nada de mal cuando te dicen “a mí me hizo clase un español, quien hablaba sobre interculturalidad y mencionaba que en la Araucanía no hay conflicto intercultural sino un problema de…, de…, de…, reafirmando que no es un problema intercultural porque aquí hay una sola sociedad”. Por lo tanto el pueblo Mapuche debe repensar su futuro, someterse e integrarse.

Esta actitud también la suelo notar en diversas universidades con programas de educación intercultural donde se ha desplazados a los kimche hacia el sótano de la universidad, en un continuo proceso de inferiorización. Esto a diferencia de los profesores-profesionales quienes descansan en sus oficinas de confort y se privilegian de su estatus en un segundo piso junto a los de su misma calaña. Noto, además, que cuando hablas mapuzugun en espacios públicos o privados, ya sea con un profesor, trabajador social, abogado, cientistas políticos o ingenieros te suelen mirar con cara de impactados frente a la diferencia lingüística, como si estuvieras hablando un idioma de otro planeta. Es aquí cuando pienso en decirles “no es chino, tampoco árabe, ni menos inglés… es Mapuzugun”.

Las situaciones descritas convergen cuando hablamos en Mapuzugun en espacios cotidianos como la escuela, el hospital, la municipalidad o la universidad. Aquí es cuando reflexiono respecto a sí sentirme privilegiado o culpable de hablar Mapuzugun, más aún cuando algunos dicen que el mapuzugun es estrictamente para el campo.

En este contexto, constantemente me pregunto: ¿cómo le explicamos eso a una papay que sólo habla Mapuzugun y que quiere hacer sus compras y tramites en la ciudad?, ¿Cómo le explicamos eso a un niño a quien le transmites el mapuzugun en su cotidianeidad y que quiere comunicarse con el resto de las personas en su lengua materna, ya sea en cualquier contexto que se presente dentro de su territorio? Y finalmente, ¿cómo le explicas a esas personas que no pueden hablar mapuzugun porque su idioma es considerado inferior? Las respuestas se suelen encontrar en el desinterés de la escuela por conocerlo, así también en los hospitales y menos en los espacios cotidianos en los que solemos desenvolvernos.

Lo importante es que no soy pesimista, me encuentro seguro y convencido de que cuando hablo y enseño mi idioma no estoy mendigando un favor ni a la sociedad ni al Estado. Al contrario, a través de mis labores de enseñanza y práctica estoy ejerciendo un derecho humano de darle vida y continuidad a mi lengua, el Mapuzugun. Más aún cuando este derecho surge a partir de las necesidades colectivos del pueblo Mapuche, el que hoy por hoy sigue vivo más que nunca.