Por Danay Marimán Catrileo

Leí el libro de Fernando durante estos días, duros días en que se cumplen diez años de la muerte de Matías. No les voy a mentir, la lectura me sumió en una profunda tristeza. Más que por recordar aquel 3 de enero de 2008 o las circunstancias particulares de su muerte, porque leyendo esta biografía la vida de mi primo adquiría nuevas y olvidadas dimensiones.

A través de estas páginas recuperé la vitalidad de su vida, la energía con que trabajó por construir su lugar en el mundo y la convicción de que ese lugar se encontraba dándole la cara a sus raíces, apropiándose de las historias que sus antepasados le legaron, pero también de todo lo que tuvo a mano en vida: familia, libros, amigos, conversaciones, el contexto histórico de Chile y el del movimiento mapuche de aquel entonces. A través de estas páginas recuperé también el amor que le tuvimos su familia y amigos y que nos devuelve la imagen de un Matías cariñoso, compañero, leal y solidario.

De entre todas las historias que aquí se pueden leer ninguna me resultó tan emotiva como la del “Fono copete”. El Fono copete fue un emprendimiento que Matías tuvo con algunos amigos entre el 2006 y el 2007. Yo lo había olvidado, pero al leerlo, volví a ver a mi primo contándome con entusiasmo cómo iba a ganar mucha plata con esta idea tan sencilla que consistía en llevar a domicilio, en una bicicleta, el copete que exigen los largos carretes de Temuco y que iban a ser solicitados a través de un teléfono. Ese también era mi primo: ingenioso, gracioso. Claro que yo no sabía que una de las motivaciones del emprendimiento era reunir plata para la Red de apoyo que había acá y de la que Matías formaba parte. Mientras Matías vivía aquí en Temuco yo hacía lo propio en Santiago, por eso su etapa en esta ciudad (Temuco) es algo que no conocí en profundidad. Poder conocer, entonces, parte de las cosas que hizo y vivió en esos años y completar algunas historias que conocía ha sido muy especial para mí, un verdadero regalo, y por eso agradezco a Fernando, que hizo un gran trabajo de investigación y trabajó en la escritura de este libro a contrarreloj, y también a todos los que colaboraron con sus testimonios para que esta biografía pudiera ser realidad.

Habrá otros a quienes interese más la infancia de Matías, su historia familiar o su paso por el servicio militar… Así como su vida, este libro también permite múltiples lecturas y creo que eso es positivo.

También quiero agradecer a mi tío, Mario Catrileo, que fue el impulsor de esta biografía. Al contrario de algunas voces al interior del movimiento mapuche que hoy se disputan la figura de mi primo como un trofeo, el deseo genuino detrás de la construcción de esta biografía no era desprestigiar a nadie, era mostrar a Matías en toda su complejidad, y no solo como una figura unidimensional, fija, inmóvil, sin contradicciones, como a veces parece que quedó tras su muerte.

En este mismo salón del Hogar Pelontuwe lo velamos hace diez años. Fue aquí donde mucha gente intentó darme el pésame con frases como “Matías es un ejemplo” o “deberías sentirte orgullosa”. Esas frases me desconcertaron entonces y no solo por la pena. Me parecía raro que lo que para mí era una pérdida dolorosa, algo incomprensible, pudiera hermanarse con palabras como orgullo o ejemplaridad. ¿Cómo podía sentir orgullo o creer que había ejemplaridad en su muerte?

Nunca estuve de acuerdo con la mirada que estaba implícita en estos pésames. Para mí lo que esas palabras implicaban de forma indirecta era una visión donde mapuche y chilenos se enfrentan en igualdad de condiciones, bajo acuerdo mutuo, en algo así como una guerra.

Nada más alejado de la realidad: Matías entró al Fundo Santa Margarita ese 3 de enero armado nada más que con algunas piedras y, pienso, lejos de su imaginación estaba la posibilidad de su desenlace.

Del otro lado de la zanja de los Luchsinger estaban las fuerzas especiales de la policía chilena, entrenados, ellos sí, para la guerra; armados, ellos sí, con lumas, pistolas y subametralladoras; envestidos, ellos sí, con la legitimidad que el estado de Chile les confiere para ejercer la fuerza en este país; protegidos, ellos sí, con la impunidad del capital.

En ese contexto de total desigualdad de condiciones, de fuerzas, de legitimidades, mi primo fue baleado por Walter Ramírez. Y su cuerpo, su familia, el proceso de investigación de lo ocurrido, las lecturas y conclusiones emanadas tras la investigación así como los dictámenes judiciales, tratados en esas mismas desiguales condiciones.

Baste recordar cómo desde Michelle Bachelet -entonces presidenta- hacia abajo, incluyendo varios medios de comunicación, ningunearon a mi primo, mintieron, tergiversaron, defendieron al policía, defendieron al latifundista.

Y para nosotros, los que conocimos y quisimos a Matías: nada, ni el beneficio de la duda, porque no éramos nada, apenas mapuche.

Yo no podía estar de acuerdo, entonces, con esos pésames y esas miradas que parecían añadirle un heroísmo al crimen sobre mi primo, en un gesto que le restaba la dimensión de tragedia y de injusticia.

Así como fue natural para los que conocimos a Matías entender que la bala que lo mató fue disparada en última instancia por el Estado chileno, y que su muerte formaba parte de una larga cadena de muertes injustas e impunes, de esas que pueblan la historia de casi cualquier familia mapuche, así mismo, pienso, deberíamos preguntarnos quién paga el costo político del lado mapuche de llevar a morir a un joven que sin duda hubiera aportado mucho más a la causa vivo que muerto. A veces me parece que el título de weichafe oculta la realidad social y material que está detrás de su muerte y la de otros, como Alex Lemun, Jaime Mendoza Collío o Rafael Nahuel recientemente en Puelmapu.

Si Matías es un ejemplo y puedo sentirme orgullosa hoy, como me invitaban a sentirme aquellos pésames en 2008, es por su actitud, su convicción, su vitalidad, por sus cualidades de persona que fueron las que lo hicieron un buen activista, por su lucha en pos de la  autonomía política y territorial del pueblo mapuche y no por su adscripción o filiación política a tal o cual organización.

En esta biografía, parte de la familia de Matías y algunos de quienes lo conocieron, no ofrecen una caricatura: ofrecemos de forma generosa algunos pasajes de la trayectoria de nuestro querido Matías para que cualquiera que la lea pueda hacerse una idea de quién era y quizás hasta sentirse identificado con las distintas estaciones, decisiones y situaciones por las que mi primo transitó.

Creo que la fuerza de Matías, y así queda demostrado en este libro, radica en su pertenencia a dos mundos: el mundo mapuche urbano y el mundo mapuche rural, con el que llegó a tener contacto, en la búsqueda y construcción de su identidad, en su decisión de ser activo en lo político, participar, tomar una posición, tratar de ser consecuente.

Querer reducir la figura de mi primo a cualquiera de las múltiples dimensiones que conformaban su persona es una instrumentalización.

Quisiera poder terminar mi participación en esta mesa con alguna salida feliz, pero no puedo. Cuando conversé con Fernando en Buenos Aires para la realización de este libro, le dije que para mí la muerte de Matías era una tragedia, que todo lo hermoso de su vida quedaba empañado por su asesinato. Hoy, después de haber leído esta biografía, que es también la lectura histórica sobre Matías y sobre el movimiento mapuche de aquel entonces que hace Fernando, puedo decir que esto sigue siendo una tragedia para mí, para mi familia, para los amigos y compañeros de Matías: Matías nos falta, Matías siempre nos va a faltar.

A diez años de su pérdida no necesitamos más muertos, las pérdidas humanas son irreparables. Al contrario, necesitamos más jóvenes mapuche con derechos garantizados, entre ellos el de la vida, para que puedan participar y aportar en los procesos políticos y luchas que se llevan a cabo hoy en día en Wallmapu. Los mapuche nos necesitamos vivos.

Temuco, 4 de enero de 2018.

 

*fotografía de Simona Mayo