Por Héctor Nahuelpán.

Historiador de la Comunidad de Historia Mapuche, Dr. en Antropología y Académico de la Universidad de Los Lagos.

 “Articular históricamente el pasado no significa conocerlo ‘como verdaderamente ha sido’. Significa adueñarse de un recuerdo tal como este relampaguea en un instante de peligro (…) ni siquiera los muertos estarán a salvo del enemigo si este vence. Y este enemigo no ha cesado de vencer” (Walter Benjamin)

 La aprobación del Consejo Nacional de Educación (CNED) y el interés del actual Gobierno de Chile liderado por Sebastián Piñera, de eliminar la obligatoriedad de las asignaturas de Artes, Educación Física e Historia en 3º y 4º año de Enseñanza Media, abrió un debate público y ha provocado un rechazo generalizado a esta iniciativa, desde una amplia diversidad de actores del mundo educativo, social y político. Fundamentalmente porque, entre otros alcances, la medida refuerza los mecanismos de formación de ciudadanos-súbditos del modelo neoliberal contemporáneo.

Si bien esta propuesta de modificación curricular no es ajena, sino parte del “ajuste estructural” que se puso en marcha desde la dictadura militar en Chile y que, entre otros campos, ha involucrado a la educación. Lo concreto es que esta iniciativa también es un claro síntoma de los tiempos reaccionarios que vivimos actualmente. Tiempos donde, como han alertado algunos analistas, no sólo pareciera estar en crisis el modelo de democracia liberal capitalista, sino también donde una tendencia global que entremezcla conservadurismo, ultranacionalismo, misoginia, racismo, xenofobia y autoritarismo, amenaza de forma seria, grave y busca por distintos medios hacer retroceder aquellos logros y derechos que en las últimas décadas alcanzaron movimientos de trabajadores, estudiantes, ecologistas, feministas, migrantes, movimientos afrodescendientes y pueblos indígenas, entre otros.

En estos tiempos peligrosos, donde la modificación curricular busca reprimir la memoria y el diálogo con el pasado para evitar una comprensión crítica de nuestros tiempos y explorar alternativas, no basta con una defensa de la obligatoriedad de “La Historia” como disciplina o asignatura. Si bien en la coyuntura actual esta defensa se presenta como un primer paso, necesario por cierto, resulta imprescindible una revisión, análisis y transformación de las visiones historiográficas que sustentan un currículum sexista, nacionalista, colonialista y racista hegemónico reproducido en universidades y establecimientos educativos. Algunos de estos sesgados enfoques de las historias regionales, nacional y globales se hallan hoy en día avalados por los actuales Estados neoliberales, donde son formados los futuros profesores y profesoras de Historia y Geografía, así como jóvenes y niños.

Aunque es evidente que profesores universitarios, de enseñanza media o básica, no siempre actuamos como meros reproductores de este currículum, o al interior de las aulas utilizamos y creamos intersticios para democratizar la enseñanza de la historia y contextualizarla, lo cierto es que en estos tiempos profundamente peligrosos también cobra sentido interrogarnos: ¿en qué medida el actual currículum y el sistema educativo en su conjunto ha contribuido o está contribuyendo a formar sujetos aliados y aliadas a las actuales tendencias nacionalistas, conservadoras, misóginas, racistas, xenófobas o autoritarias? Y a la vez, ¿qué estamos haciendo en nuestros espacios de enseñanza-aprendizaje para contrarrestar estas tendencias?

En el campo de la historia, el desafío que plantea la transformación del actual currículum desborda la mera incorporación de las diversidades sociales o culturales como sujetos históricos, o de sus puntos de vista sobre el pasado, agrupándolos o sujetándolos al gran relato de una “historia nacional” aún anclada en el prisma criollo y de la “chilenidad”. Tampoco se restringe a una simple medida superficial de revisión de textos escolares, como lo ha propuesto para el caso de los pueblos indígenas el actual gobierno de Sebastián Piñera, centrado en la conformación de una Comisión de “expertos/as”, para en el mejor de los casos ajustar el contenido de los textos escolares o el propio currículum a una narrativa multicultural neoliberal. Dicha narrativa se ha caracterizado por exaltar la diversidad y la diferencia cultural, mientras deja intacta y refuerza las condiciones estructurales de poder, racismo y subordinación que viven los pueblos indígenas en la actualidad.

Tukulpan zugu es, entre otras expresiones mapuche, ejercitar nuestra capacidad de dialogar con la historia, traer a nuestro presente el pasado vivo, recrear, reconstruir acontecimientos y conocimientos, para explicar el presente, obtener aprendizajes y proyectar el futuro. Tukulpan zugu: un desafío urgente en nuestros tiempos, que permitirá transitar desde la demanda de obligatoriedad de la historia a la transformación del currículum y a una reflexión profunda del sistema educativo. Como parte de este desafío, complejo y no exento de adversidades, el debate deberá abrirse para hacerse cargo del genocidio, la colonización, el despojo, el racismo implícito y naturalizado en la formación del Estado chileno y sus instituciones educativas en nuestros territorios. Como parte de este desafío, es urgente que las nuevas generaciones se dispongan a reconocer que a pesar del genocidio y la colonización, los pueblos indígenas y el pueblo mapuche somos pueblos vivos; no identidades petrificadas que han tributado al relato del mestizaje que funda el nacionalismo chileno. Es el desafío de auto-reconocernos en que tenemos un idioma como el mapuzügun, y no un dialecto; disponerse a asumir que no pertenecemos al lugar social y de subordinación que nos han asignado, como sirvientes, peones, excelentes jardineros (al decir de Villalobos), empleadas domésticas, terroristas o apéndices de una historia chilena suplantadora que se reproduce en nuestros propios territorios. Es el desafío de disponernos a conocer nuestras diversidades y contradicciones, la importancia que alberga la defensa de la vida en nuestra historia y la irrenunciable lucha por la libertad y la descolonización de la cual nos sentimos orgullosos.

Las nuevas generaciones asentadas en nuestros territorios– y quienes vienen integrándose– tienen el derecho a dialogar de manera franca con este pasado vivo y con nuestro presente. No sólo para reencontrarnos, convivir y coexistir, sino también para afrontar creativamente estos tiempos de peligro y entretejer creativamente alternativas y nuevos horizontes

Fuente: El Mostrador, 9 de Junio de 2019